La huella imborrable de una voz magistral en la época de oro de SAR Productions.
Introducción y Legado Musical, Fernando Lavoy fue uno de los secretos mejor guardados y más deslumbrantes de la música afrocubana del siglo XX.
Nacido el 6 de mayo de 1950 en La Habana, Cuba, poseía un dominio y una calidad interpretativa excepcionales que rápidamente llamaron la atención de las grandes figuras de la época.

Fue el legendario trompetista Alfredo «Chocolate» Armenteros quien, deslumbrado por su capacidad innata para el fraseo tradicional y la improvisación, lo apodó cariñosamente «El Montunero».
A lo largo de su carrera, Lavoy plasmó su talento como cantante y compositor en agrupaciones de inmenso calibre, incluyendo la célebre Sonora Matancera, la orquesta de Chocolate Armenteros, el Conjunto Dinastía Diez y la mítica SAR All Stars de Roberto Torres, además de liderar su propio grupo, «Los Soneros».
Su trágico asesinato en 1992, en una balacera ocurrida en una cabina telefónica en Miami, Estados Unidos, truncó la vida de un artista genial, pero dejó grabada una huella imborrable en el patrimonio de la música tropical.
El Ascenso en Nueva York y la Alianza con SAR Productions
Tras emigrar a los Estados Unidos en 1980 en busca de nuevos horizontes artísticos, Lavoy se integró de inmediato en el efervescente panorama salsero y sonero.
Su primera gran oportunidad llegó de la mano de Chocolate Armenteros, colaborando de forma magistral en el álbum «Y sigo con mi...» bajo el sello discográfico SAR Productions.

Esta disquera, fundada por Roberto Torres, se caracterizaba por una estética musical única: defendía la textura clásica del son cubano, extendiendo la duración de los temas para otorgar generosos espacios a los solos instrumentales y a la improvisación pura.
En 1981, Lavoy se consolidó como miembro de la SAR All Stars, catapultando su voz hacia el reconocimiento de los melómanos más exigentes.
A diferencia de otras propuestas comerciales de la época (como Fania Records), que apostaban fuertemente por el cruce con el mercado angloparlante, SAR Productions mantuvo una postura firme en las raíces cubanas directas.
Aunque inyectaban sutiles matices de jazz, conservaban esa cadencia tradicional, profunda y orgánica que sedujo al público hispano.
Fernando Lavoy y Los Soneros: Una Identidad Propia
Entre 1981 y 1982, Fernando Lavoy grabó dos álbumes fundamentales bajo su propio nombre: «Los Soneros» (1981) y «Fernando Lavoy y Los Soneros» (1982).

Aunque la norma en SAR consistía en utilizar a la talentosa banda de la casa para acompañar a los solistas, Los Soneros se presentaron como una agrupación autónoma y con identidad propia, bajo la producción del infalible Roberto Torres.
El conjunto destacó por una sólida instrumentación liderada por el trompetista Juan González, quien fungió como director y arreglista, acompañado por su hijo Juan González Jr. en el piano y el virtuoso Juan Méndez en el bongó.
La banda estaba estructurada formalmente como un conjunto clásico de alta escuela: cuatro trompetas potentes, bajo, conga, bongó y tres voces en los coros lideradas con mucho estilo por Norman Rodríguez.
Análisis de una Obra Maestra: El Álbum de 1982
El disco de 1982 es un testimonio absoluto de la madurez musical de Lavoy, quien compuso el 50% del repertorio. El álbum abre de manera electrizante con «No voy a dormir», donde una potente introducción de trompetas da paso a la presentación de Fernando, seguida por un magistral solo de trompeta de Juan González y un explosivo turno de bongó a cargo de Juan Méndez que desemboca en un clímax de montuno.

A este le sigue «Cóquela suave», un son montuno de la autoría de Lavoy que, haciendo honor a su nombre, inicia con cadencia tersa para transformarse en un son duro y bailable, enriquecido por un excelso solo de piano de Juan González Jr.
El clásico «Pegaditos», una célebre composición de Miguel Matamoros uno de los pilares del son junto a Arsenio Rodríguez, es reinterpretado respetando la pureza de su estructura tradicional.
La canción resalta por una trompeta alta y punzante que flota sobre la voz del cubano, experimentando variaciones de tiempo que incrementan gradualmente la intensidad rítmica junto a unos coros impecables.
El álbum cierra con «Juana la sin goma», una pieza cargada de picardía, energía bailable y «gasolina» en sus letras, y «No vuelo contigo», un son más relajado que, sin llegar a convertirse en bolero, mantiene la majestuosa estructura del son cubano con un vibrante montuno final.
En definitiva, la obra de Fernando Lavoy permanece como un pilar fundamental que reivindica el sabor, el ritmo y la esencia eterna del son montuno.
Texto tomado de Maida Lorena Lavoy.

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